Y después, ¿qué?

15 de septiembre de 2008: el hasta entonces gran banco de inversión Lehman Brothers se declara en bancarrota. Desde aquel día, se desencadena lo que en un inicio quiso llamarse ‘crisis de las hipotecas subprime’, con una intención que luego se vio frustrada de acotar el problema a Wall Street. Cuando la cosa pasó definitivamente a mayores, se adoptó la fórmula ‘crisis financiera’, con todos los calificativos superlativos añadidos que se quiso: ‘enorme’, ‘la mayor de la historia reciente, ‘la gran depresión del siglo’, etcétera.

Llegó un momento en que la crisis alcanzó tal dimensión que pasó a merecer términos más contundentes. ‘Global’ pareció acuñarse como la expresión más apropiada. Ciertamente, el fenómeno ha dejado ya de pertenecer únicamente a Wall Street. Estamos hablando de una nueva crisis que afecta a los bolsillos de los inversores, pero también afecta a las arcas de los gobiernos, al medioambiente, afecta al desarrollo de los países en el Sur Global, a las garantías sociales… afecta a los individuos de a pie.

Lo que es realmente novedoso de esta nueva crisis es que los ciudadanos no sólo se están viendo afectados por la enfermedad, sino también en parte por el remedio. Durante aproximadamente dos años, los gobiernos de todo el mundo han aplicado distintas medidas fiscales, monetarias y de política social para atajar los síntomas del problema. Las propuestas han sido de muy distinta naturaleza y cada país se ha destacado en una u otra acción: inyecciones de liquidez (en inglés, ‘bailout’) a entidades financieras (es el caso de Estados Unidos), paquetes de estimulación de la economía a través de los hogares (en Australia), subida del IVA unida a reducciones drásticas en el gasto público (en el Reino Unido), flexibilización de las condiciones para el despido (en España) o aumento de la edad de jubilación (Francia).

Pero, ¿dónde quedan los derechos humanos entre toda esta amalgama de propuestas políticas? ¿Hasta qué punto se ha tenido en cuenta el impacto de las medidas sobre tales derechos? Esta pregunta, por supuesto, va dirigida a los gobiernos. Pero también es procedente trasladársela a los defensores de derechos humanos. En los últimos meses algunas organizaciones han emitido declaraciones denunciando el impacto desmedido de la crisis y sus respuestas sobre colectivos particularmente desfavorecidos, como las mujeres o los inmigrantes. Otros grupos han sido más originales, como Fawcett Society, la organización feminista de referencia en el Reino Unido, que ha iniciado un proceso judicial contra el primer presupuesto Tory-LibDem por no haber respetado la mandatoria evaluación de impacto de género. Asimismo, algunos grupos participaron en la Conferencia de la ONU sobre la Crisis Financiera y Económica Mundial y su Impacto sobre el Desarrollo en julio de 2009, y presentaron informes y algunas ideas durante una sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en marzo de 2010.

Pero parece legítimo preguntarse si la comunidad global de derechos humanos está mostrándose a la altura de las circunstancias. La cuestión no es baladí ya que estamos ante la mayor crisis de los últimos 70 u 80 años, y por lo tanto se trata del más importante reto para la comunidad global de derechos humanos en toda su existencia. Después del Crack de 1929, Franklin Delano Roosevelt trajo de la mano un New Deal para Estados Unidos, y en Europa occidental la socialdemocracia, tras unos años difíciles, se implantó con cierto éxito. Pero, ¿qué es lo que va a quedar después de la crisis actual? ¿Cuál va a ser la fórmula mágica que inspire las políticas futuras en materia social y medioambiental? Como observa Ignacio Saiz, director del Centro por los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, en un artículo publicado el año pasado en el Journal of Human Rights Practice, la comunidad de derechos humanos ha permanecido tradicionalmente ‘agnóstica’ sobre cuál es el modelo político y económico más adecuado para la promoción de los derechos humanos. Coincido con él en que si los activistas de derechos humanos queremos tener una voz creíble y efectiva en el contexto actual, quizás ha llegado el momento de cuestionar nuestro propio agnosticismo.

K.C.

(Publicado también en Bake Hitzak, nº 79, diciembre de 2010, pp. 10-11)

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