Los hijos del miedo

Por LUCAS MEJÍA (blog)

Desde hace ya algunos años, se habla de la intolerancia como uno de los principales escollos para encontrar vías reales hacia una convivencia más pacífica; tanto a nivel local entre ciudadanos, como a nivel internacional entre pueblos, religiones y culturas.

En épocas más recientes se ha visto cómo precisamente esa falta de tolerancia parece sumarse a las causas que han dado origen a hechos sumamente reprobables, dolorosos y difícilmente reparables.

Sin ir muy lejos, puede mencionarse el caso de Anders Behring Breivik, que en julio mató a 77 personas en Oslo, o el de una nueva secta nazi llamada National Socialist Underground (NSU) (ver artículo en Deutsche Welle), que ha venido asesinando a inmigrantes, ­especialmente de origen turco, en diversas ciudades de Alemania.

Ambos casos presentan un denominador común: son la cara exterior de grupos u organizaciones radicales que ven en la «diferencia» una razón suficiente para edificar toda una cultura del odio, para justificar la barbarie. Dicho odio tiene su origen probablemente en el miedo, lo que causa que su accionar sea un acto reflejo, una respuesta automática ante lo que consideran vulnera los términos de los dogmas en los que creen; por esta razón es que ven ante sí una imagen distorsionada, se visualizan combatiendo al peor de los enemigos en el peor de los escenarios.

De todo lo anterior se deduce que Breivik, la NSU y otras agrupaciones o personas similares constituyen el último eslabón de una cadena, que son el resultado de una proceso sistemático de persecución ideológica que busca el aniquilamiento del diferente, del contradictor, del hereje, y que tiene su origen en familias, grupos, comunidades e incluso naciones, instituidas en torno al prisma de alguna doctrina. Es algo con lo que han crecido, que han mamado desde pequeños.

Partiendo de la existencia de un guión incuestionable, como el que provee cualquier doctrina a sus adeptos, y sumándole el decorado de la crisis global, que deja al descubierto inconsistencias de un sistema que funciona como un dogma más, se llega a la conclusión que los extremistas cuentan con el escenario perfecto para la difusión de sus ideas. Tal y como dijo Bertrand Russell (Por qué no soy cristiano, 1927), «Yo temo que la decadencia del liberalismo haga cada vez más difícil a los hombres la no adhesión a un credo de combate».

Unido a lo anterior está el papel cada vez más desconcertante de los medios de comunicación y del poder político, que han perdido su esencia y norte; ya no informan ni gobiernan, sino que tergiversan y someten, dividen y subyugan (por lo que necesariamente quienes los poseen y/o componen, o bien son la misma persona, o bien están ligados a quienes tienen intereses en mantener los dogmas que dan lugar a las ideas extremistas).

Si no fuera así, no podría explicarse por qué los medios de comunicación difunden este tipo de acciones hasta el punto casi de incentivarlas o justificarlas, o por qué hay movimientos políticos que, a pesar de su radicalismo, han encontrado un respaldo considerable y cada vez mayor en las urnas. (Ver artículo en Periodismo Humano, «La xenofobia se asienta en los parlamentos de Europa», 25 de julio de 2011).

Como prueba de lo sugerido hasta ahora hay varios ejemplos a los que puede hacerse alusión. En países que han sufrido los horrores de la violencia en carne propia como Colombia, o en pueblos como el israelí, lugares donde además se presenta un fenómeno de adoctrinamiento muy severo (que podría tacharse de alienación), son las nuevas generaciones quienes se erigen como señores de la guerra, son los herederos de los curtidos por el terror, los hijos del odio.

En Colombia por ejemplo, los descendientes de quienes han sufrido la violencia de las guerrillas, principalmente gentes de clases adineradas, con grandes posesiones de tierras y muy cercanas al poder, se han instituido como los benefactores y promotores de grupos ilegales de extrema derecha altamente beligerantes.

El poder logrado por dichas agrupaciones es tal, que han alcanzado incluso a controlar una porción considerable del Congreso de la República, fenómeno que allí se denomina «la parapolítica». (Ver artículo en la Revista Semana, «Para entender la para-política», 10 de febrero de 2007). Este ejemplo es particularmente macabro, pues miembros de grupos ilegales y sus mecenas, todos camuflados de civil, han permeado las salas de redacción de importantes medios de comunicación, e incluso se han sentado en la dirección de algunas de las principales instituciones del Estado, manejándolas a su antojo (el caso del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, es tal vez el que mejor ilustra este proceso).

Como consecuencia de este fenómeno se presenta otro más llamativo: a la mayoría de los colombianos les cuesta equiparar la violencia proveniente de los paramilitares a la que es ocasionada por la guerrilla, así ambas tengan la misma sobredosis de sinsentido, así sean igual de injustificables. ¿Cómo es posible que en el ideario colectivo de una nación yazca incrustada una cierta permisividad hacia la violencia ejercida por un grupo la margen de la ley?.

En Israel, por el contrario, la violencia de corte extremista y el abuso de los derechos humanos están plenamente legitimados por el Estado; es en un caso con matices comunes a los que presenta el colombiano, pero no 100% similares.

Israelíes de todos los niveles juegan con un discurso muy peligroso y ambivalente, el de quienes alguna vez fueron víctimas. Es peligroso, en primer lugar, porque es extremadamente radical y explosivo, segundo, porque trasciende a un círculo cerrado de ciclos violentos que se retroalimenta constantemente. Es ambivalente porque las víctimas se tornan en victimarios amparándose e sus derechos de reparación y justicia, llegando a ejercerla por sus propias manos. ¿Dónde ha quedado la premisa de que la violencia deslegitima cualquier causa por justa que sea?

Lo anterior puede aplicarse tanto a los abusos con los que el Estado israelí somete al pueblo palestino, como a nivel interno, a los casos en los que ciudadanos de origen árabe se ven totalmente indefensos ante las vejaciones cometidas por judíos fanatizados y por las propias fuerzas de seguridad israelíes. Cuando el discurso de «venganza» se torna lícito e incuestionable ante los ojos de amplios sectores de la sociedad, la violencia resultante no es perseguida con eficacia, surgen dificultades para visualizarla, denunciarla y someterla a la justicia.

Esto último es algo perjudicial para el ejercicio de los derechos humanos y condenable en cualquier caso, pero especialmente en el de las sociedades que se denominan democráticas. Oficialmente se ha otorgado el monopolio de las armas y la seguridad al Estado, quien debe encargarse de gestionarlas de la mejor manera, de no usarlas nunca en nombre de particulares (de quien ostenta el poder o de terceros), de administrarlas de manera equitativa y de velar por un uso siempre racional de su poder de destrucción.

Estamos, pues, asistiendo a un momento crítico y clave de nuestra historia; la sociedad está expuesta a una serie de amenazas que en el peor de los escenarios podría llevar a que se legitimaran métodos poco ortodoxos de intimidación y censura, tipologías de violencia que supondrían un gran retroceso para los derechos humanos (superiores a los que ya se están experimentando hoy en día).

El incipiente aunque invaluable marco de convivencia entre personas, ideologías, pueblos y culturas recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, podría pasar a ser un hecho meramente anecdótico; por ello y por lo expresado a lo largo de todo este escrito, se concluye que la violencia de grupos extremos no debe ser considerada como un efecto colateral más. La proliferación de grupos e ideas radicales debe condenarse y visibilizarse a todos los niveles, considerarse como un problema que merece una atención especial y prioritaria.

Para combatir este tipo de violencia lo ideal sería empezar por una unión de fuerzas entre amplios sectores de la sociedad, pero desafortunadamente, esto no es factible hoy por hoy (algunos actores clave están involucrados de manera directa en la difusión del miedo, les beneficia la existencia de grupos radicales). Por consiguiente, en medio de este panorama tan desolador, no hay otra alternativa más que volver a construir una nueva conciencia, empezando por casa, entre familia y amigos (yendo de lo particular a lo general). La sociedad no necesita a más hijos del odio alimentando las guerras y, por ello, hay que intentar arrebatarle adeptos a esa causa de una manera efectiva.

El trabajo deberá comenzar por nosotros mismos (es probable que la forma como nos perciben otras personas oxigene a esos nuevos movimientos, o bien que, sin darnos cuenta, alimentemos con nuestras actitudes la filosofía de gente radical que tanto daño y dolor están causando en todo el mundo).

El hogar es el lugar adecuado para erradicar la intolerancia, para hacer que los miedos desparezcan de nuestros hijos y, con ellos, la semilla del odio. La familia es el espacio donde debe condenarse abiertamente todo tipo de violencia, toda postura radical; hay que convertir a la cultura de la no violencia en un dogma.

Simultáneamente habrá que ir incrementando el nivel de crítica hacia la clase política, hacia esa aparente desidia que muestra por los grupos radicales; exigirle un posicionamiento claro, medidas concretas, herramientas para controlarlos que puedan llevar a su desmantelamiento definitivo. A los políticos debemos reclamarles, porque estamos en nuestro derecho de hacerlo, que sus actitudes y actuaciones no puedan incitar a la violencia, exigirles que den ejemplo, que trasciendan ese discurso suyo tan plagado de buenas intenciones.

Habrá que seguir luchando para que los dogmas de corte religioso terminen separándose del Estado, para que sean controlados y regulados adecuadamente; es la única manera de conseguir que estas doctrinas no puedan emplearse como excusa para represión alguna, como pretexto para la proliferación de ideas radicales a las que se hace la vista a un lado, o como disculpa para la desviación de medios públicos hacia el combate de diferencias ideológicas.

Ha llegado el momento también de censurar a los medios que propagan ideas nocivas y que espolean discursos radicales, que camuflan un discurso extremista amparados por la libertad de expresión.

Habrá que hacer muchas tareas si queremos erradicar el miedo y la intolerancia, pero son un trabajo de todos.

This entry was posted in En CASTELLANO, Other. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s