La UE no es Europa; la salida no es (sólo) económica

Esta mañana he visto varios vídeos y he leído varios artículos. Uno de los primeros y uno de los segundos me han impulsado a escribir esta breve reflexión. El vídeo es del programa Inside Story en Al Jazeera English. El título lo dice todo: “¿Colapsará la Eurozona?”. Comienza con un pequeño repaso de los acontecimientos de la última semana, en los cuales España, y no Grecia, es la desdichada protagonista. En el vídeo intercambian pareceres un economista británico, un euroescéptico del mismo país y una europeísta que parece ser francesa. El texto, por su parte, es el artículo de Mario Vargas Llosa que publica hoy El País: “Por qué Grecia?”, se pregunta el Nobel.

Si algo me ha llamado poderosamente la atención de la conversación entre el economista, el euroescéptico y la federalista es que parecían estar hablando en idiomas diferentes. Los argumentos del primero podrían resumirse tal que así: “Desde un punto de vista económico, esta historia del euro nunca tuvo mucho sentido dadas las grandes diferencias económicas entre los países de la Eurozona”. El euroescéptico añadía: “Es necesario que los países recuperen el control sobre sus divisas y desarrollen políticas monetarias propias, como ha hecho siempre el Reino Unido”. Y la representante del llamado Movimiento Europeo rebatía: “Recordemos los orígenes de nuestra unión. Hay que avanzar en la integración europea: es la única salida posible”. ¿Quién tiene razón? Pues todo depende del punto de referencia del que partamos. Mi conclusión personal es la siguiente: Hoy por hoy el futuro de Europa no se juega en el campo económico. La economía nos ayuda a identificar problemas y, acaso, a identificar soluciones técnicamente viables. Pero las decisiones tienen que ser políticas, fruto de una gobernanza democrática. Ahí radica precisamente la incongruencia de la llamada tecnocracia. En momentos como este es cuando la ciudadanía y los líderes políticos europeos deben formularse la pregunta siguiente: ¿Seguimos creyendo en este proyecto? Es una pregunta mucho más complicada de lo que parece. Abandonemos la palabrería, las mentiras y las medias verdades. La apuesta decidida por un proyecto paneuropeo acarrea una serie de consecuencias. Hace falta transparencia, sinceridad y mucha audacia por parte de la clase política.

Pongamos el caso de Estados Unidos, a quien Europa siempre mira con una mezcla de envidia y arrogancia. Hace pocos años California entró en una recesión angustiosa que puso en cuestión su fiabilidad financiera. ¿Algún economista acaso sugirió que Estados Unidos estaría mejor, económicamente hablando por supuesto, si se desembarazara de California? Por supuesto que no. Nunca estuvo en la agenda. Simplemente no es una opción. Para la clase política norteamericana, California, California más que cualquier otro Estado, seguirá siendo siempre parte de la tierra de los libres y el hogar de los valientes. Y que nadie ose ponerlo en cuestión.

Este ejemplo choca frontalmente con los dilemas a lo que se enfrentan los europeos de hoy en relación con Grecia y con la Grexit, ese juego de palabras inventado por alguna mente avispada para referirse a la amenaza de expulsión de la UE o de la Eurozona. Y aquí traigo a colación el artículo de Vargas Llosa. Al repasar la historia de este país, esencialmente la más antigua, el autor peruano sostiene que “Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso”. Bien fuera de forma interesada o por pura desidia, en las últimas décadas han sido frecuentes los libros, ensayos, entrevistas o artículos en que alguien utilizaba de forma intercambiable la palabra ‘Europa’ y las palabras ‘UE’, ‘Unión’ o ‘Unión Europea’. Si finalmente cae Grecia, bien sea porque abramos la mano con la que dicen que la estamos sujetando en el precipicio, bien sea porque, asqueada de esperar, ella sea la que nos suelte, o bien porque la secreción de sudor haga que el ínterin sea demasiado resbaladizo, tendremos que dejar de fingir, de una vez por todas, que Europa y la Unión Europea son lo mismo. Grecia compartió con Europa su lengua (¿de dónde viene la política si no es de la polis?) y de allí partieron ideas que han llegado hasta hoy: sin ir más lejos, la libertad, la democracia o las nociones filosóficas que desembocaron siglos más tarde en la (re)construcción de los derechos humanos. De nosotros depende que esas ideas griegas que han llegado hasta hoy sigan adelante a partir de mañana. Por si acaso, antes de que llegue mañana, para mí Grecia representa Europa más y mejor que la misma Unión Europea.

Koldo Casla

@koldo_casla

Foto: Monasterio de Simonos Petra, Monte Athos, Grecia. Travis Dove, National Greographic.

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