¿Se ajusta más la rebeldía de hoy a las condiciones materiales de las revoluciones de ayer?

En su última columna quincenal en la sección del País Vasco en El País, el cineasta Borja Cobeaga comparte una reflexión interesante sobre los cambios que la actual crisis está generando en las expectativas y en los sueños de la juventud. Cobeaga cita una idea expresada por el también creador Juan Flahn, para quien el cine independiente actual se diferencia en algo fundamental del de hace unas pocas décadas. Si en los años 70 las películas trataban de jóvenes que se rebelaban contra lo convencional (la familia, el trabajo, la religión, etc.), lo alternativo hoy es hablar de “jóvenes desorientados que buscan su integración en la sociedad a través de conseguir un trabajo, encontrar pareja y en general acoplarse al modo de vida tradicional”.

No sé si ha habido o no un cambio en el mundo underground de la cinematografía. Por decirlo eufemísticamente, no es un tema con el que esté demasiado familiarizado. Pero este supuesto giro creador me sirve de excusa para pensar sobre las prioridades de la juventud rebelde de hoy. ¿En qué se diferencian los jóvenes de mayo del 68 de los del 15-M? Desde la distancia, da la impresión de que aquellos cuestionaban instituciones políticas y convencionalismos sociales: querían romper con el sistema. La rebeldía no se explicaba tanto por condiciones materiales como por la insatisfacción existencial, la necesidad de transformar la sociedad desde su raíz, desde su más profunda esencia. Sin embargo, el joven rebelde de hoy se mueve por una lógica sensiblemente distinta: No se manifiesta porque quiera romper con el sistema. Se manifiesta porque el sistema ha roto con él (ver foto).

El crecimiento económico sostenido de mediados del siglo pasado, acompañado de un progresivo aumento del Estado de bienestar, provocó el surgimiento de un modo de pensar que concedía importancia a las ideas y a los valores. Surgieron así escuelas que, bajo distintas denominaciones (postmodernismo, postestructuralismo, postmaterialismo…) tejían los mimbres para un cambio cultural notable. La superación del enfoque positivista (en el que se incardina la lectura materialista de la historia de Marx, por ejemplo) permitió que afloraran y hasta cierto punto se extendieran en buena parte de la sociedad ideas como los derechos humanos, el feminismo o la ecología. El relativo éxito de estas ideas no puede comprenderse desde prismas reduccionistas: Ni los teóricos de la lucha de clases ni los defensores de la elección racional del homo economicus podrían explicar el nacimiento de Greenpeace o el reconocimiento del derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo.

Sin embargo, es tal el grado de incertidumbre y el miedo al futuro, que la prioridad hoy no es romper moldes ideológicos sino recibir una nómina a fin de mes. Asegurarse unas condiciones materiales mínimas hoy es, comprensiblemente, la máxima obsesión de la ciudadanía, especialmente entre la juventud, más castigada por el desempleo. Ante el aciago panorama, parece lógico preguntarse si la crisis será la última parada de una época en la que pudimos permitirnos viajar al mundo de las ideas. ¿Pondrá la crisis punto final a la postmodernidad? ¿Volveremos a buscar las condiciones objetivas de la revolución? ¿Tendrá finalmente razón Marx al decir que el socialismo es aquello que espera pacientemente al fin del capitalismo agotado por sus crisis inherentes?

Koldo Casla

@koldo_casla

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