¿Cómo se puede iniciar una carrera a 800 metros de donde ha muerto gente?

Por primera vez desde la primera edición en 1970, el maratón de Nueva York ha sido suspendido. Tras unos pocos días de incertidumbre desde la llegada del huracán Sandy a la ciudad, finalmente el alcalde Bloomberg anunció su decisión ayer viernes. 47.000 personas se han quedado sin participar en la carrera. Al parecer, no se les devolverá el dinero. Tan sólo 48 horas antes, Bloomberg había manifestado su intención de mantener la carrera como símbolo de resistencia ante las adversidades. Sus palabras generaron una gran polémica. El periodista Michael Skolnik avisó de que los generadores del maratón podrían dar electricidad a 400 familias. Por su parte, James Oddo, líder republicano en el Ayuntamiento de Nueva York, se hacía la siguiente pregunta: “¿Cómo se puede iniciar una carrera a 800 metros de donde ha muerto gente?”

Finalmente, Bloomberg dijo: “no se puede permitir que una controversia sobre una prueba deportiva distraiga la atención del trabajo de importancia vital que se está haciendo para recuperar la ciudad de la tormenta”.

Yo mismo me hago la misma pregunta que se hace el concejal Oddo: ¿Cómo se puede iniciar una carrera a 800 metros de donde ha muerto gente? La pregunta es de por sí incómoda, pero: ¿la incomodidad surge de la trivialidad del evento, de la cercanía del drama o de la intensidad del mismo? Sabido es, si bien no tan grabado y difundido por los medios, que Sandy ha dejado una estampa desoladora por los países caribeños a su paso (Haití, Cuba, Bahamas, República Dominicana…). Los daños personales y materiales son al menos igualmente aterradores allá; la diferencia es que estos países no cuentan con los mismos recursos para hacerles frente. ¿No podemos correr a 800 metros, pero quizás sí podríamos al resguardo de 3000 kilómetros de distancia? ¿Y si en lugar de morir un centenar de personas hubieran fallecido un centenar de centenares?

Ayer y anteayer transité dos veces por una misma calle céntrica de Londres. En medio del barullo constante de esta ciudad, el primer día me fijé en una mujer arrodillada junto a una cabina telefónica. Su cuerpo menudo apenas se movía. Sus ropas no eran en absoluto las apropiadas para las bajas temperaturas de esta ciudad en esta época del año. Sus ojos estaban clavados en el asfalto, y una mano temblorosa sujetaba un vaso de cartón. Al día siguiente, la misma cabina roja, la misma mujer melancólica, el mismo gesto cabizbajo, la misma desesperación, el mismo frío invasivo… Ni el primer ni el segundo día dejé nada en el vaso de cartón. ¿Cómo se puede iniciar una carrera a 800 metros de donde ha muerto gente? ¿Y cómo puedo estar yo dispuesto a pagar 5 libras por dos lattes a pocos metros de aquella mujer?

Koldo Casla

@koldo_casla

Viñeta: Patrick Chappate, International Herald Tribune, 1 de noviembre de 2012

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