La marca España o el argumento asesino

all the presidents menKiller argument es una expresión inglesa que no encuentra fácil traducción al castellano. Básicamente el “argumento asesino” es aquel que no admite contradicción o siquiera matización. Es una afirmación breve y rotunda que trata de poner fin al debate. El argumento no intenta convencer a nadie ni tiene por qué ser retóricamente bueno. No tiene que estar construido sobre una lógica persuasiva, ni exige una técnica de comunicación brillante; ni siquiera su narrativa ha de ser estéticamente elocuente. El argumento asesino tan sólo aspira a desarmar al oponente para matarlo (dialécticamente hablando, por supuesto).

No se me ocurre mejor ejemplo de argumento asesino que la instrumentalización de la “marca España” en los últimos meses. La marca España le ha servido al presidente del Gobierno para criticar a los huelguistas y a los indignados. La semana pasada el ministro de Asuntos Exteriores dijo que la imputación de la infanta Cristina en el caso Nóos “no beneficia a la marca España”. Carlos Espinosa de los Monteros, que lleva el cargo de “alto comisionado para la Marca España”, recientemente señaló en el Congreso que el aumento del independentismo en Cataluña daña la marca de la que es responsable. Y suma y sigue.

Es importante recordar que el argumento asesino no tiene que ser persuasivo, sino resolutivo. Alguien podría decir que los papeles de Bárcenas, los vídeos de policías ejerciendo una violencia excesiva contra manifestantes, las fotografías del presidente de una Comunidad Autónoma paseando con un narco en un yate, o la noticia de que el rey se ha marchado a África a matar elefantes,  dañan la imagen de España tanto o más que los casos citados en el párrafo anterior. Pero para calibrar la eficacia de un argumento asesino no importa tanto el peso del argumento como saber quien lo ha utilizado primero. Si yo digo que tú manchas la imagen de España antes de que tú digas lo mismo sobre mí, yo gano. Así de sencillo. A pesar de la demagogia evidente de este razonamiento, parece que el gobierno está satisfecho con cómo funciona ya que sigue utilizándolo cuando tiene la mínima oportunidad.

No podía dejar de pensar en ello el sábado por la tarde mientras veía Todos los hombres del presidente, aquella película sobre los dos reporteros del Washington Post (Carl Bernstein y Bob Woodward) que desmontaron la trama del caso Watergate que desembocó en la dimisión del presidente Nixon en verano de 1974. Es una muestra ilustrativa de la importancia del buen periodismo de investigación para la salud de una democracia: en plena Guerra Fría dos jóvenes periodistas tirando de un peligroso hilo que llega hasta la mesa del mismísimo presidente de los Estados Unidos de América. Por desgracia para Nixon, su gabinete de prensa no había oído hablar de la marca España en aquella época. Quién sabe, a lo mejor le habría sido de gran utilidad.

 

Koldo Casla

@koldo_casla

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