El sexismo cotidiano y la cara de vergüenza

no the man doesnt know the womanHace unos días una amiga puso esta foto en su perfil del Facebook. Junto a ella escribió “No, este hombre no conoce a esta mujer”. Ese mismo día, o quizás la víspera, entré en el vagón de metro y me senté sin pensarlo frente a un chico joven. Justo antes de partir entró una atractiva mujer y se sentó junto a la puerta, dos lugares a mi izquierda. Abrí mi libro, pero por reflejo levanté la mirada y vi cómo aquel chico la observaba fijamente. El tren prácticamente no había salido de la estación cuando la mujer se levantó y rápidamente fue a sentarse al otro extremo del vagón. El chico hizo un gesto, que yo interpreté como una mezcla de sorpresa y desgana, y volvió a su periódico gratuito.

Hace ya tiempo la profesora de francés nos hizo unas preguntas para provocar el debate entre los cuatro alumnos de la clase: dos mujeres jóvenes, un hombre mayor y un servidor. El hombre tenía la costumbre de ser el primero en contestar. Aquel día, cuando se le agotaban las ideas mirándome con interés decía: “a lo mejor Koldo tiene algo que añadir”. Las otras dos personas eran al parecer nuestras convidadas de piedra.

En Londres, donde ahora vivo, por estas fechas a las 4 de la tarde ya es de noche. Llevo un tiempo dándome cuenta de que muchas mujeres que caminan solas miran al suelo cuando nos cruzamos. Los hombres rara vez lo hacen.

Hace ya varios años, una noche en Donosti iba yo por un estrecho camino muy poco transitado. Unos diez metros delante de mí una chica muy joven, quizás tendría 15 años, caminaba en el mismo sentido. Yo iba distraído pensando en mis cosas. De repente, la chica gira el cuello, me ve y huye corriendo.

Pongamos la televisión. En un programa sobre reconversiones de viviendas, qué mejor manera de mostrar una pareja feliz que enfocarle a él enseñando matemáticas a los niños mientras ella prepara la cena. Cambio de canal y en un programa de la BBC sobre los éxitos de los deportistas británicos, el narrador no encuentra mejor manera de elogiar los logros de las atletas en las últimas Olimpiadas que decir que “decidieron que el oro les quedaba bien”.

Estas historias nunca aparecerán en los periódicos. Ni siquiera reflejan los abusos más graves de que son víctimas las mujeres en las sociedades occidentales. No denuncian el hecho de que la mayor parte de las violaciones quedan impunes. No hablan del escaso número de mujeres en puestos de responsabilidad política y corporativa. No ponen de manifiesto la desigualdad socioeconómica entre hombres y mujeres, agravada en tiempos de crisis. Sin embargo, son formas de sexismo cotidiano con las que la mitad de la población vive mientras la otra mitad parece no enterarse.

El gran problema del sexismo cotidiano es que cuando lo analizamos caso a caso no encontramos prueba de nada. Si concedemos el beneficio de la duda, cada una de estas historias puede tener una explicación perfectamente plausible. A lo mejor el hombre de la fotografía tiene un problema en los testículos que le impide cerrar las piernas. La barrera entre una mirada de interés y una mirada babosa no es clínicamente nítida. Quizás mi compañero en clase de francés simplemente tuvo una tarde llena de lapsus. Puede que las chicas jóvenes con las que me encuentro en las calles de Londres estén absortas en profundas reflexiones que hacen que sus miradas se pierdan entre los adoquines. Quizás aquella niña de Donosti no tenía miedo de mí; sólo es que llegaba tarde a una cita con su amiga. Alguien tiene que hacer la cena en casa; a veces simplemente les toca a ellas. Y el comentario sobre el oro y las atletas es… meramente estilístico.

Con mayor o menor esfuerzo, prácticamente siempre podremos encontrar una justificación para cada anécdota. Lo que no alcanzo a comprender es cómo no se nos cae la cara de vergüenza a los hombres que no nos damos cuenta de lo que sucede delante de nuestras narices. A vosotros, nosotros, recomiendo visitar la web del Proyecto sobre el Sexismo Cotidiano. En poco más de un año ha reunido decenas de miles de testimonios de mujeres de 17 países en varios idiomas. Leamos, avergoncémonos y actuemos en consecuencia.

Koldo Casla
@koldo_casla

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