El Brexit iba de recuperar el control y eso es precisamente lo que está pasando

Este artículo fue publicado en Agenda Pública

Take back control. Recuperar el control. Ese fue el lema de campaña y el compromiso de quienes dicen hoy honrar la voluntad expresada por el pueblo británico en junio de 2016.

Mañana martes los comunes votarán el acuerdo negociado entre el Gobierno británico y la Comisión Europea. Cuando escribo estas líneas, domingo por la noche, la duda es si Theresa May perderá por algo más de 100 votos o por casi 200. Sobre lo que pasará después hagan sus apuestas.

Ahora les propongo que volvamos a las esencias por un momento. Decían que el Reino Unido tenía que salir de la Unión Europea para recuperar el poder democrático.

Pongámoslo a prueba.

En noviembre de 2016, apenas cinco meses después del referéndum, el Daily Mail calificó a los magistrados del Alto Tribunal como “enemigos del pueblo” por resolver que la salida de la Unión no podía producirse sin la participación activa del Parlamento.

En noviembre de 2017, el Telegraph llamó “amotinados” a una docena de diputados conservadores que no consideraban suficientes las garantías de su propio partido para respetar que la última palabra la tuviera el Parlamento.

La semana pasada varios de aquellos amotinados votaron junto a la oposición a favor de dos importantes enmiendas. Una limitaría la capacidad recaudatoria del Gobierno en el caso de que finalmente no hubiera acuerdo con la UE. La otra obligará a May a volver a la Cámara con un plan B a los pocos días si el martes su plan fracasa, cuando el martes su plan fracase.

El domingo por la mañana, la diputada conservadora Anna Soubry acusaba al Gobierno de incurrir en prácticas difamatorias y de difundir fake news contra ella y sus colegas amotinados. Pocos días antes, matones de extrema derecha la llamaron “nazi” y la acosaron a las puertas del Parlamento. Juzgue usted mismo.

La desobediencia es palpable también en la oposición. La postura oficial del Partido Laborista es que lo que el país necesita son nuevas elecciones, y que si salen victoriosos renegociarán una unión aduanera y acceso al mercado único comprometiéndose a mantener estándares medioambientales y la protección de consumidores y trabajadores.

Algunos laboristas, entre los que destaca el alcalde de Londres, Sadiq Khan, sostienen que es preferible volver a tomar la temperatura del país con un segundo referéndum.

Pero otras caras menos conocidas plantean otras alternativas. Hace pocos días el veterano diputado laborista Jim Fitzpatrick reconoció considerar seriamente votar a favor del acuerdo negociado por May a pesar de haber hecho campaña por la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Diputados laboristas impulsan una enmienda que podría contar con apoyo mayoritario para elevar los compromisos medioambientales, laborales y de consumo. De aprobarse, voces autorizadas dentro del partido conjeturan que podría llevar a los laboristas a permitir con su abstención que un acuerdo revisado en consecuencia concitara la mayoría necesaria. Hay también creciente entendimiento entre ambos flancos de la Cámara respecto a una futura unión aduanera y otras medidas que podrían ayudar a mantener las fronteras parcialmente abiertas.

Las especulaciones en estos tiempos políticos locos quedan obsoletas en cuestión de días o incluso horas. Dicho esto, el proceso del Brexit muestra que ni el Gobierno ni quienes encabezan la oposición tienen poder suficiente. Sus preferencias no son necesariamente aceptadas por los diputados de sus propios partidos.

En parte refleja la crisis constitucional a la que parece encaminarse el país, atorado por unos partidos incapaces de expresar coherentemente el sentir de la sociedad sobre un tema capital como ningún otro.

Pero por otro lado, paradójicamente también da muestra de la profunda fortaleza de este sistema democrático donde los representantes se deben no sólo a sus partidos y a los militantes, sino principalmente a quienes les votaron (o no) en su circunscripción. Es un sistema que no vacuna de debates espurios (y muchas cosas Brexit lo son), pero que favorece la deliberación, el pluralismo y el pragmatismo. Y yo al menos no veo una salida al Brexit que no pase por esas tres estaciones.

Lo que sucederá en 2022, dentro de dos meses o a finales de esta semana no lo saben ni los protagonistas de esta historia. Pero el proceso está poniendo de manifiesto el gran poder y la gran responsabilidad del Parlamento. Westminster recupera el control, como deseaban los brexiteers, sólo que no precisamente como deseaban los brexiteers.

Koldo Casla

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